CRÍTIQUES "FLY ON"
RUTA 66
Silverflame son un sexteto de Girona comandados por la portentosa vocalista Sheila Endekos, y que se podrían englobar sin problemas en esa etiqueta que lleva por nombre retro.

Se podría establecer una comparación mutua con los barceloneses The Mothercrow, y no sólo por tener cantante femenina al frente, si no por su querencia por la década de los setenta. Pero Silverflame en vez de basarse en el hard rock más ortodoxo o al proto metal, se dejan querer más por el rock clásico americano, el blues y el soul. Un poco como The Black Crowes, vaya. Escuchen la inicial «Some More Blues» (góspel rock a todo trapo) o el tema que da nombre genérico al trabajo, y se entenderá lo que planteo. El trabajo, con una producción nítida donde todo está medido y en su sitio, fluye como río caudaloso; en ocasiones más soul («Here For Nothing»), en otras más sureños («The Skin Of The Snake»), hardrockeros en la potente y con mucho gancho «Nighttime Lover», (con un robusto trabajo de guitarras), para finalizar el trabajo de manera blues y pantanosa con «Snake».
Pero si hay alguna canción que resuma todo lo bueno que atesora este sexteto es ese tour de force que lleva por nombre «Echoes Of The Void» donde el soul y el rock americano se encuentran y estallan como choque frontal de trenes (atención al trabajo con el órgano Hammond y la dupla de guitarras). Segundo y firme paso de este combo que está a la espera de ser descubiertos por ese público devoto del rock americano. Satisfacción garantizada.
Texto: Xavi Martínez
GRAVELROAD 76
Esa es, precisamente, la sensación que sentirá quien escuche el nuevo disco de la formación gerundense. Por supuesto, nos referimos al título elegido en esta ocasión, a la sensación de libertad representada en, por ejemplo, “Here For Nothing”, la segunda de las ocho que conforman la reválida de Silverflame. Aludimos al hecho de soñar sin dormir, al lucrativo estado de relajación disfrutado en instantes evocadores como “Echoes Of The Void”, excelso conjuro cuajado de reminiscencias, influjos y pactos. Nos referimos a la búsqueda de cobijos y al encuentro de abrigos como sucede con “The Skin Of The Snake”, una de esas canciones que se meten en el subconsciente de manera consciente, ya que en su construcción confluyen varios elementos y otras tantas razones que invitan a seguir progresando en este peliagudo camino de cañadas, recodos, pendientes o también, cómo no, plácidas ensenadas. Nos referimos a la inspiración, a la vital importancia del rock n’ roll en nuestro organismo, al beneficio personal obtenido gracias a la plétora de artistas que nos han instruido con sus enseñanzas a lo largo del tiempo y el espacio. Posiblemente en “Fly On” alguien pueda imaginar buena parte de esas figuras y nosotros mismos tenemos alguna presunción, pero en esta esfera multi, súper o megapoblada, hay tantas referencias como reverencias, así que mejor enfoquemos nuestro objetivo en los verdaderos protagonistas de esta historia, Silverflame.
Quizás su presentación, de atinado enunciado (“First Flight”) e interesante contenido, no tuvo la repercusión que habrían querido, o al menos esa es nuestra impresión. No vamos a calificarlo como anodino porque sería faltar a la realidad, y de alguna manera subestimaríamos el valor de una banda que concibió un fornido primogénito y que, además, en su principal radio de acción tiene un buen séquito de fieles. Allí les conocimos, o para ser más exactos, de allí nos llegaron las primeras noticias del quinteto tras publicar el álbum y ofrecer una serie de conciertos por la zona. Uno de ellos tuvo lugar en un festival que lamentablemente debió cerrar la persiana aquel año de infortunios y quebrantos, el Calella Rockfest. Quien conozca o tenga nociones sobre la orientación del extinto certamen del Maresme, se puede formar una idea de la línea del clan, y si añadimos conceptos como rock americano, como psicodelia, como blues progresivo, como rock setentero o sureño, podríamos obtener parte de la esencia musical de un conjunto con idónea alineación para llevar a cabo su proyecto. Dos enfáticas guitarras a las que sacan jugo Jep Vilaplana y Jordi Turón, el fundamental tándem métrico formado por el bajista Javi Galván y Jordi Vila a la batería, el indispensable aporte del órgano a cargo de Fran Esquiaga y las impresionantes cuerdas vocales de Sheila Endekos, una cantante de raza. Ya tenemos el pack completo. Su sugerencia, su conducta y sus identidades. ¿Necesitas más detalles?
Si en su ópera prima apuntaban maneras, en el segundo asalto obligarán a tirar la toalla al personal dada la profundidad de sus sacudidas. Basta con dar al play y sentir la fuerza motriz de “Some For Blues”. Basta con acceder a la dimensión de una taxativa introducción siguiendo los pasos de la activa pandereta o el eficaz ritmo impuesto, y las interrogantes desaparecerán al tiempo que la instrumentación o el coro góspel central conducen a un vórtice tentador. El blues asiste, el soul insiste, la audiencia asiente y sin duda asentirá porque sus casi cuatro minutos de duración compilan olfato y temperamento. La titular, es decir, “Fly On!”, demanda mover pies y cadera pues su sensual energía y excitante condición entre acentos funkys, reclamantes líricas, firmes prestaciones y un ceremonial clima de entusiasmo motivará el éxtasis general o la momentánea ausencia individual. Ya hemos apuntado que su manual de comportamiento incluye diferentes modelos que obedecen a un mismo patrón: Rock n’ Roll. Llameantes guitarras (no en vano se llaman Silverflame), ritmos intrépidos tipo “Nighttime Lover” en el juguetean con tentativas más hardrockeras, un Hammod envolvente y capital en todas sus funciones y una impetuosa voz cantante que en la romántica “Forbidden Innocence” lleva al nirvana. Una encantadora de serpientes. Por cierto, con la acústica y sosegada “Snake” concluyen el trabajo que ipso facto volvemos a reproducir. Ya sabes, “Fly On”.
Text: Rafa Robledo
CIUDADANO ROCK
Hacer rock americano de raíces en España, acariciando los seductores contornos setenteros y psicodélicos (y no digamos ya si incluyen las sacudidas salvajes del rock sureño) y esperar que alguien preste atención es un acto tan ingenuo como creer eso que decían muchos durante la pandemia de que «de esta vamos a salir mejores». Es ingenuo, sí, pero debo admitir que también enternecedor. E indiscutiblemente admirable.
Desconocía la existencia del primer álbum que la banda publicó en 2018, First Flight, al que ahora he llegado gracias a haber tenido noticia de la publicación de este nuevo trabajo. Fly on es un álbum de raíces americanas, como dije al comienzo, en el que se aglutinan muchas de las diferentes vertientes del rock: soul, psicodelia, sureño…, algo que se no puede ejecutar de manera convincente si no se dispone del bagaje necesario y de unos músicos capaces, no de recrear el estilo, sino de hacerlo suyo, de manera que sea creíble, auténtico, que es lo que me parece más complicado y, precisamente, lo que consiguen Silverflame en este nuevo disco. Cuentan con un factor fundamental que es la voz de Sheila Endekos: sugerente, emotiva, seductora y con garra. Y con unas canciones con vida propia que se escuchan sin tener la sensación de que su provecho se ha agotado al terminar; al contrario, son canciones que parecen regenerarse con cada escucha.
El sonido está logradísimo: las guitarras de Jep Vilaplana y Jordi Turon parecen sacadas del polvo del desierto de un videoclip de ZZ Top, el bajo de Javi Galván serpentea como un reptil entre las rocas en Texas y la riqueza de los golpes de la batería de Jordi Vila resuenan como si el kit estuviese encajado en medio del cañón del Colorado. Al conjunto le han añadido unas monedas encontradas a los pies de un esqueleto abandonado en forma de teclado de quien Fran Esquiaga es responsable y que, una vez escuchado el disco, te hace creer que las canciones son inconcebibles sin él. Pero lo que más aplaudible resulta es que hayan logrado que cada canción vuele y se sostenga planeando con la naturalidad y la inocencia de un infante. Sus ocho canciones apuestan por la honestidad y la convicción, por el hundimiento a todo o nada en una tierra que no les es natural pero cuyas raíces que han logrado trasplantar en un espacio en el que a base de atenciones, perseverancia y amor por lo que hacen, han obtenido unos brotes así de hermosos: este álbum.
Toda la riqueza, la capacidad estimulante y de gozo que genera esta música está presente desde la apertura con «Some more blues», en la que se cuelan coros a modo de respuesta góspel en medio de una composición de aires The Black Crowes. Saben modular las intensidades como si llevaran grabada media docena de discos en la admirable «Here for nothing»; el giro pasada la mitad de «Fly on!» es hacer la curva perfecta bajando un puerto, aunque para carretera nada mejor que la potente y variadísima «Echoes of the void», una de las más logradas del álbum y en la que si rascamos un poco encontramos restos de lo que hacían Deep Purple o Uriah Heep en los primeros setenta. Tampoco se quedan cortos cuando deciden moverse en terrenos más hardrockeros como en «Nightime lover». Rozan la excelencia con un pedazo de balada de aires country en la que logran lo casi imposible, que es clavar una canción de aires clásicos —los últimos dos minutos son vibrantes con unos coros que me encantan por su sencillez—: «Forbidden innocence». Las canciones de Silverflame tienen sustancia, un desarrollo y una progresión que crece sin perder densidad, sus notas y acordes suscitan la creación de un ambiente evocador.
Uno lamenta dos cosas con este álbum: que no se haya beneficiado de una producción de esas que se hacían antes para que hubiese lucido como se merece y que, según el comunicado de la banda, el disco se lance en formato digital y en una edición limitada en vinilo que sólo puede adquirirse en sus conciertos.
